Pablo Sierra del Sol No fue el extremo más talentoso del momento, pero era un futbolista con garra. Y listo. Con esos materiales Rufete construyó una carrera en Primera División y hasta llegó a jugar tres veces con la España de José Antonio Camacho. Entre el Málaga, el Valencia y el Espanyol, con una parada final en el Hércules de su tierra, acumuló 269 partidos en la máxima categoría. Esa experiencia quiere volcarla Rufete en la Unión Deportiva Ibiza, donde se estrena como entrenador. Lo hace de la mano de Amadeo Salvo, su gran valedor en los últimos años, el hombre con el que hizo dupla en el Valencia (Rufete como director deportivo, Salvo como presidente). La fórmula se ha repetido en Ibiza y, a golpe de talonario para los presupuestos que se mueven en Tercera, han traído a la isla futbolistas de mucho nivel. También, dos entrenadores que se han ido por la puerta de atrás. Ni David Porras, pese al ascenso desde Regional, ni Toni Amor, pese a las veinte victorias en 28 partidos de Liga, han cuajado para la directiva del Ibiza. Ahora, Rufete se pone al frente de la plantilla que él mismo ha diseñado. Es su debut como míster y solo tiene cuatro partidos para intentar asaltar el liderato, en el mejor de los casos, o, si no hay  alirón, subir por el camino largo que el playoff le reserva a los segundos y terceros clasificados.

En sus dos primeros entrenamientos, ya les ha demostrado a los jugadores del Ibiza que para triunfar hay que mancharse las manos. Su ética parece estar hecha de componentes sólidos, no gaseosos. “Soñar es terreno del aficionado, el nuestro no. Si nosotros nos dedicamos cada día a soñar, posiblemente no ensamblemos las partes que necesitamos para lograr lo que nos hemos propuesto. El objetivo es la parte del profesional, el sueño es la del aficionado”, dijo hace tres años en una entrevista que publicó el diario Superdeporte. En aquel momento, Rufete estaba todavía en el organigrama deportivo del Valencia. Para la afición ché, su nombre sigue siendo sinónimo de éxito. Rufete llegó a Mestalla en 2001 procedente de un Málaga inolvidable (Contreras, Valcárcel, Movilla, Musampa, Dely Valdés o Darío Silva fueron sus compañeros) con el que subió de Segunda e hizo un buen papel en la competición que entonces recibía el sobrenombre de Liga de las Estrellas por la proliferación de cracks que coincidían en el campeonato. El origen de semejante constelación estaba en las barbaridades que se pagaban cada verano en el mercado de fichajes. Los clubes cobraraban mucho dinero por los derechos de televisión y los millones de las antiguas pesetas fluían con facilidad. Las deudas aumentaban año a año, pero la fiesta del fútbol no tenía fin. El Valencia fue uno de los clubes que más crecieron entonces. Con el cambio de siglo, los valencianistas surfearon la ola de un deporte que cambiaba a pasos agigantados y volvieron a sonreír. Se ganó una Copa del Rey y era normal disputarle, junto al Deportivo, la Liga a Barça y Madrid. El Valencia destronó a Atlético y Athletic como el tercer equipo de España. Su afición se ganó el derecho a soñar del que hablaba Rufete y, por ello, tuvo que digerir el mal trago de perder dos finales de Champions League consecutivas. Solamente los tiffosi de la Juve conocen ese sufrimiento.

Rufete celebra un gol como jugador del Valencia.
Rufete celebra un gol siendo jugador del Valencia.
Años inolvidables en el Valencia 
En ese contexto Rufete desembarcó en el Valencia. Ya no estaban futbolistas como Mendieta, el Piojo López o Farinós y en el banquillo lucía la calva de un míster joven y ambicioso, pero sin pedigrí en grandes equipos. Su nombre, Rafa Benítez. La primera vuelta de la temporada 2001/2002 fue regular. El ambiente en Mestalla, grada muy exigente, se cargó. La afición quería a Benítez lejos del Turia y Jaume Ortí, el presidente en aquel momento, parecía dispuesto a cortarle la cabeza. El día del juicio se fijó para el 15 de diciembre de 2001. Visita al Olímpic de Montjuïc y el Espanyol se marcha al descanso ganando 2-0. El entrenador empieza a pensar en las maletas que le tocará hacer en unas horas y, sin embargo, acaba salvando el puesto milagrosamente. Dos goles de Rufete en cinco minutos empatan sorprendentemente el encuentro. La Cobra Ilie le da los tres puntos al Valencia con el 2-3. El Valencia tropezará un par de veces más después de Navidad, pero el resto del curso su bagaje será inmaculado. En la segunda vuelta supera a un Barcelona en crisis galopante, a un Madrid con la cabeza puesta en la Décima y a un Deportivo al que le pesan la Copa de Europa y la resaca del centenariazo. Rufete es pieza capital en ese València campiósólido en defensa y eléctrico en ataque, donde no hay goleadores y sí mucha solidaridad entre líneas, con un doble pivote Baraja-Albelda que es la base del once. El primero le da salida al balón y pisa el área rical con peligro. El segundo se encarga de echarle el cerrojo a una defensa veterana comandada por Cañizares desde la portería. Y el título causa en la capital valenciana una alegría comparable al reparto de un premio gordo de lotería.

La espera había sido larga. Benítez había ganado la Liga 31 años después de que Di Stéfano consiguiera, desde el banquillo, la última que habían celebrado los valencianistas. En su segunda temporada, el madrileño no recibe los refuerzos esperados y el equipo, con Rufete como titular, combinando desde la banda con jugones como Vicente o Aimar, cae contra el Inter en cuartos de Champions. En Liga se ven relegados al quinto puesto. El Valencia se desquitaría al año siguiente con un doblete histórico: Liga y UEFA. Posiblemente, la mejor temporada de la Historia del club, con permiso de la Recopa alzada en tiempos de Kempes. Rufete pierde peso en los esquemas de Benítez, pero se mantiene como un revulsivo habitual. El actual entrenador del Newcastle valora su capacidad de trabajo, su buen juego de cabeza y su pillería dentro del área. La pájara del Real Madrid post Del Bosque (Queiroz fue el elegido por Florentino Pérez para sustituir al futuro marqués y el equipo se hizo el harakiri, fundido por una preparación veraniega lamentable, a partir de marzo) catapulta al Valencia que, gracias a su regularidad, se hace con su séptima Liga con una victoria en el Pizjuán, a falta de dos jornadas para el final.

Rufete recuerda el gol de Baraja que acabó de rematar al Sevilla “como muy importante, más allá del título”. “Unos días después jugábamos la final de la UEFA [contra el Olympique de Marsella] y nos dio mucha tranquilidad ser campeones de Liga. El club venía de perder dos finales de Champions y teníamos que ganar aquel partido como fuera”, recordó Rufete hace un par de años en una entrevista concedida al canal de televisión del Valencia Club de Fútbol. Él salió de titular aquel 19 de mayo de 2004, en el estadio Ullevi de Göteborg, y vio desde el césped el penalti que cometió Fabien Barthez -con roja incluida- y que encarriló el triunfo de un equipo donde Mista vivió su temporada de gloria goleadora. El murciano cerró una final que había abierto Vicente, en ese penalti, y a la que se llegó gracias a los dos goles que Rufete metió en cuartos de final contra otro rival francés, el Girondins de Burdeos. La fiesta que puso el broche de oro al curso fue como un fin de semana fallero multiplicado por mil. Las calles de Valencia, desbordadas de camisetas blanquinegras y naranjas, y los futbolistas bailando en traje beige sobre un autobús descapotable. Éxtasis ché.

El nuevo entrenador del Ibiza, en su época como futbolista del Espanyol.
El nuevo entrenador del Ibiza, en su época como futbolista del Espanyol.
Roza una UEFA con el Espanyol

Dos años después, Rufete puso rumbo a Barcelona después de que el Valencia entrara en una etapa de transición donde él ya no tenía la titularidad asegurada. Los años empezaban a pesar pero fichar por el Espanyol le dio nuevas oportunidades. A las órdenes de Valverde, se vio jugando nuevamente una final de Copa de la UEFA. Aquella plantilla perica estuvo a punto de deshacer la maldición de Leverkusen. Superó rondas cargándose a Livorno, Benfica o Werder Bremen y destilando al fútbol que fabricaba De la Peña. En la final, sin embargo, esperaba un Sevilla que ya sabía lo que era tocar la cima. Rufete jugó 56 minutos de la final, celebrada en Glasgow, y vivió una hora larga de agonía, prórroga y penalties incluidos, desde el banquillo. Palop, su ex compañero en el Valencia, estuvo felino en la tanda y dejó al Espanyol sin el campanazo europeo que la historia le ha negado dos veces. De su paso por Montjuïc, donde jugaba todavía el Espanyol sus partidos como loca, se le recuerda al actual entrenador de la UD Ibiza por un gol que le marcó al Barça en un derbi. Fue como cerrar un círculo porque aunque Francisco Joaquín Pérez Rufete naciera en Benejúzar (un 20 de noviembre de 1976), donde la provincia de Alicante corre a encontrarse con la de Murcia, se crió futbolísticamente en la Masia. Y, de hecho, llegó a debutar con el primer equipo, un dato que pasa a menudo desapercibido en su biografía, igual que su breve estancia en el Mallorca, donde no llegó a ponerse la elástica bermellona en partido oficial. Ocurrió la última jornada de la temporada 95/96 debutó en Primera con la camiseta del Barça. El entrenador era Carles Rexach y en el campo estaban futbolistas como Sergi o Bakero. Rufete entró al principio de la segunda parte por Albert Celades.

Quizás de esa época juvenil en Can Barça sepa Rufete lo que cuesta jugar un partido en la élite. Lo comprobó desde la banda cuando, a finales de agosto de 2010, volvió con el Hércules a Primera. Rufete calentaba mientras Kiko Femenía, la perla de los blanquiazules, debutaba en la mejor Liga del mundo. Era solo un crío de 18 años y pagó caro el estreno. La tensión le pudo y empezó a sentir un ataque de ansiedad. Esteban Vigo, el míster de los alicantinos, dudó en cambiarlo. Femenía no respondía. Perdía balones y estaba ausente sobre el césped. Fueron los gritos y consignas de Rufete, que capitaneó a otros compañeros y al público para que le secundaran, los que lograron que el chaval superara el miedo escénico. Femenía, al que le ha costado asentarse como futbolista profesional como a otras tantas promesas a las que la prensa y el entorno de sus clubes encumbran demasiado pronto, le agradeció a Rufete el apoyo. Ambos terminaron descendiendo aquella campaña y la carrera de Rufete en el campo se apagó. “Los futbolistas deben saber que la carrera nunca será demasiado larga y que es necesario formarse si uno quiere seguir ligado a este deporte tras la retirada. Yo estoy en ese momento, viajando, conociendo gente y aprendiendo”, dijo Rufete en las cámaras de la Federación Española de Fútbol recientemente. Tras pasar por los despachos, ahora se pone la gorra de entrenador. Como debut, toda una final contra el Mallorca B este sábado en Can Misses. El futuro deportivo de la UD Ibiza pasa porque la primera experiencia de este peleón en un banquillo sea exitosa.

 

Peleón y ganador

Pablo Sierra del Sol No fue el extremo más talentoso del momento, pero era un futbolista con garra. Y listo. Con esos materiales Rufete construyó una carrera en Primera División y hasta llegó a jugar tres veces con la España de José Antonio Camacho. Entre el Málaga, el Valencia y el Espanyol, con una parada final en el Hércules de su tierra, acumuló 269 partidos en la máxima categoría. Esa experiencia quiere volcarla Rufete en la Unión Deportiva Ibiza, donde se estrena como entrenador. Lo hace de la mano de Amadeo Salvo, su gran valedor en los últimos años, el hombre con el que hizo dupla en el Valencia (Rufete como director deportivo, Salvo como presidente). La fórmula se ha repetido en Ibiza y, a golpe de talonario para los presupuestos que se mueven en Tercera, han traído a la isla futbolistas de mucho nivel. También, dos entrenadores que se han ido por la puerta de atrás. Ni David Porras, pese al ascenso desde Regional, ni Toni Amor, pese a las veinte victorias en 28 partidos de Liga, han cuajado para la directiva del Ibiza. Ahora, Rufete se pone al frente de la plantilla que él mismo ha diseñado. Es su debut como míster y solo tiene cuatro partidos para intentar asaltar el liderato, en el mejor de los casos, o, si no hay  alirón, subir por el camino largo que el playoff le reserva a los segundos y terceros clasificados.
En sus dos primeros entrenamientos, ya les ha demostrado a los jugadores del Ibiza que para triunfar hay que mancharse las manos. Su ética parece estar hecha de componentes sólidos, no gaseosos. "Soñar es terreno del aficionado, el nuestro no. Si nosotros nos dedicamos cada día a soñar, posiblemente no ensamblemos las partes que necesitamos para lograr lo que nos hemos propuesto. El objetivo es la parte del profesional, el sueño es la del aficionado", dijo hace tres años en una entrevista que publicó el diario Superdeporte. En aquel momento, Rufete estaba todavía en el organigrama deportivo del Valencia. Para la afición ché, su nombre sigue siendo sinónimo de éxito. Rufete llegó a Mestalla en 2001 procedente de un Málaga inolvidable (Contreras, Valcárcel, Movilla, Musampa, Dely Valdés o Darío Silva fueron sus compañeros) con el que subió de Segunda e hizo un buen papel en la competición que entonces recibía el sobrenombre de Liga de las Estrellas por la proliferación de cracks que coincidían en el campeonato. El origen de semejante constelación estaba en las barbaridades que se pagaban cada verano en el mercado de fichajes. Los clubes cobraraban mucho dinero por los derechos de televisión y los millones de las antiguas pesetas fluían con facilidad. Las deudas aumentaban año a año, pero la fiesta del fútbol no tenía fin. El Valencia fue uno de los clubes que más crecieron entonces. Con el cambio de siglo, los valencianistas surfearon la ola de un deporte que cambiaba a pasos agigantados y volvieron a sonreír. Se ganó una Copa del Rey y era normal disputarle, junto al Deportivo, la Liga a Barça y Madrid. El Valencia destronó a Atlético y Athletic como el tercer equipo de España. Su afición se ganó el derecho a soñar del que hablaba Rufete y, por ello, tuvo que digerir el mal trago de perder dos finales de Champions League consecutivas. Solamente los tiffosi de la Juve conocen ese sufrimiento.
Rufete celebra un gol como jugador del Valencia.
Rufete celebra un gol siendo jugador del Valencia.
Años inolvidables en el Valencia 
En ese contexto Rufete desembarcó en el Valencia. Ya no estaban futbolistas como Mendieta, el Piojo López o Farinós y en el banquillo lucía la calva de un míster joven y ambicioso, pero sin pedigrí en grandes equipos. Su nombre, Rafa Benítez. La primera vuelta de la temporada 2001/2002 fue regular. El ambiente en Mestalla, grada muy exigente, se cargó. La afición quería a Benítez lejos del Turia y Jaume Ortí, el presidente en aquel momento, parecía dispuesto a cortarle la cabeza. El día del juicio se fijó para el 15 de diciembre de 2001. Visita al Olímpic de Montjuïc y el Espanyol se marcha al descanso ganando 2-0. El entrenador empieza a pensar en las maletas que le tocará hacer en unas horas y, sin embargo, acaba salvando el puesto milagrosamente. Dos goles de Rufete en cinco minutos empatan sorprendentemente el encuentro. La Cobra Ilie le da los tres puntos al Valencia con el 2-3. El Valencia tropezará un par de veces más después de Navidad, pero el resto del curso su bagaje será inmaculado. En la segunda vuelta supera a un Barcelona en crisis galopante, a un Madrid con la cabeza puesta en la Décima y a un Deportivo al que le pesan la Copa de Europa y la resaca del centenariazo. Rufete es pieza capital en ese València campiósólido en defensa y eléctrico en ataque, donde no hay goleadores y sí mucha solidaridad entre líneas, con un doble pivote Baraja-Albelda que es la base del once. El primero le da salida al balón y pisa el área rical con peligro. El segundo se encarga de echarle el cerrojo a una defensa veterana comandada por Cañizares desde la portería. Y el título causa en la capital valenciana una alegría comparable al reparto de un premio gordo de lotería.
La espera había sido larga. Benítez había ganado la Liga 31 años después de que Di Stéfano consiguiera, desde el banquillo, la última que habían celebrado los valencianistas. En su segunda temporada, el madrileño no recibe los refuerzos esperados y el equipo, con Rufete como titular, combinando desde la banda con jugones como Vicente o Aimar, cae contra el Inter en cuartos de Champions. En Liga se ven relegados al quinto puesto. El Valencia se desquitaría al año siguiente con un doblete histórico: Liga y UEFA. Posiblemente, la mejor temporada de la Historia del club, con permiso de la Recopa alzada en tiempos de Kempes. Rufete pierde peso en los esquemas de Benítez, pero se mantiene como un revulsivo habitual. El actual entrenador del Newcastle valora su capacidad de trabajo, su buen juego de cabeza y su pillería dentro del área. La pájara del Real Madrid post Del Bosque (Queiroz fue el elegido por Florentino Pérez para sustituir al futuro marqués y el equipo se hizo el harakiri, fundido por una preparación veraniega lamentable, a partir de marzo) catapulta al Valencia que, gracias a su regularidad, se hace con su séptima Liga con una victoria en el Pizjuán, a falta de dos jornadas para el final.
Rufete recuerda el gol de Baraja que acabó de rematar al Sevilla "como muy importante, más allá del título". "Unos días después jugábamos la final de la UEFA [contra el Olympique de Marsella] y nos dio mucha tranquilidad ser campeones de Liga. El club venía de perder dos finales de Champions y teníamos que ganar aquel partido como fuera", recordó Rufete hace un par de años en una entrevista concedida al canal de televisión del Valencia Club de Fútbol. Él salió de titular aquel 19 de mayo de 2004, en el estadio Ullevi de Göteborg, y vio desde el césped el penalti que cometió Fabien Barthez -con roja incluida- y que encarriló el triunfo de un equipo donde Mista vivió su temporada de gloria goleadora. El murciano cerró una final que había abierto Vicente, en ese penalti, y a la que se llegó gracias a los dos goles que Rufete metió en cuartos de final contra otro rival francés, el Girondins de Burdeos. La fiesta que puso el broche de oro al curso fue como un fin de semana fallero multiplicado por mil. Las calles de Valencia, desbordadas de camisetas blanquinegras y naranjas, y los futbolistas bailando en traje beige sobre un autobús descapotable. Éxtasis ché.
El nuevo entrenador del Ibiza, en su época como futbolista del Espanyol.
El nuevo entrenador del Ibiza, en su época como futbolista del Espanyol.
Roza una UEFA con el Espanyol
Dos años después, Rufete puso rumbo a Barcelona después de que el Valencia entrara en una etapa de transición donde él ya no tenía la titularidad asegurada. Los años empezaban a pesar pero fichar por el Espanyol le dio nuevas oportunidades. A las órdenes de Valverde, se vio jugando nuevamente una final de Copa de la UEFA. Aquella plantilla perica estuvo a punto de deshacer la maldición de Leverkusen. Superó rondas cargándose a Livorno, Benfica o Werder Bremen y destilando al fútbol que fabricaba De la Peña. En la final, sin embargo, esperaba un Sevilla que ya sabía lo que era tocar la cima. Rufete jugó 56 minutos de la final, celebrada en Glasgow, y vivió una hora larga de agonía, prórroga y penalties incluidos, desde el banquillo. Palop, su ex compañero en el Valencia, estuvo felino en la tanda y dejó al Espanyol sin el campanazo europeo que la historia le ha negado dos veces. De su paso por Montjuïc, donde jugaba todavía el Espanyol sus partidos como loca, se le recuerda al actual entrenador de la UD Ibiza por un gol que le marcó al Barça en un derbi. Fue como cerrar un círculo porque aunque Francisco Joaquín Pérez Rufete naciera en Benejúzar (un 20 de noviembre de 1976), donde la provincia de Alicante corre a encontrarse con la de Murcia, se crió futbolísticamente en la Masia. Y, de hecho, llegó a debutar con el primer equipo, un dato que pasa a menudo desapercibido en su biografía, igual que su breve estancia en el Mallorca, donde no llegó a ponerse la elástica bermellona en partido oficial. Ocurrió la última jornada de la temporada 95/96 debutó en Primera con la camiseta del Barça. El entrenador era Carles Rexach y en el campo estaban futbolistas como Sergi o Bakero. Rufete entró al principio de la segunda parte por Albert Celades.
Quizás de esa época juvenil en Can Barça sepa Rufete lo que cuesta jugar un partido en la élite. Lo comprobó desde la banda cuando, a finales de agosto de 2010, volvió con el Hércules a Primera. Rufete calentaba mientras Kiko Femenía, la perla de los blanquiazules, debutaba en la mejor Liga del mundo. Era solo un crío de 18 años y pagó caro el estreno. La tensión le pudo y empezó a sentir un ataque de ansiedad. Esteban Vigo, el míster de los alicantinos, dudó en cambiarlo. Femenía no respondía. Perdía balones y estaba ausente sobre el césped. Fueron los gritos y consignas de Rufete, que capitaneó a otros compañeros y al público para que le secundaran, los que lograron que el chaval superara el miedo escénico. Femenía, al que le ha costado asentarse como futbolista profesional como a otras tantas promesas a las que la prensa y el entorno de sus clubes encumbran demasiado pronto, le agradeció a Rufete el apoyo. Ambos terminaron descendiendo aquella campaña y la carrera de Rufete en el campo se apagó. "Los futbolistas deben saber que la carrera nunca será demasiado larga y que es necesario formarse si uno quiere seguir ligado a este deporte tras la retirada. Yo estoy en ese momento, viajando, conociendo gente y aprendiendo", dijo Rufete en las cámaras de la Federación Española de Fútbol recientemente. Tras pasar por los despachos, ahora se pone la gorra de entrenador. Como debut, toda una final contra el Mallorca B este sábado en Can Misses. El futuro deportivo de la UD Ibiza pasa porque la primera experiencia de este peleón en un banquillo sea exitosa.
 

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