Unos 35 granadinos acudieron a animar a su paisano Rubén Martínez.
Unos 35 granadinos acudieron a animar a su paisano Rubén Martínez.

diariodeibiza.es Con una cara que reflejaba frustración, incomprensión, impotencia y cabreo en general –imitación de las muchas que dejó Carmen Maura en la almodovariana ¿Qué he hecho yo para merecer esto?– salían los aproximadamente 35 peñistas (de tres generaciones distintas) que se habían reunido para ver el duelo entre La Hoya Lorca y su equipo del alma. Eran las dos de la tarde y ninguno tenía hambre. Y no porque se hubieran zampado una generosa cantidad de pizza, aceitunas y otros aperitivos.
El estómago se les había cerrado de golpe. La culpa, de Ginés Meca (en el fútbol es mejor no cruzarte con tus ex, si no, que se lo digan al Real Madrid con Samuel Eto´o, por citar solo al demonio mayor). De la pelada cabeza de un Meca que marcaba por tercera vez en lo que iba de eliminatoria. Maldita la hora, pensó alguno de los que se tapaba el rostro, preso de la incredulidad.
Porque ayer, el desenlace de un partido que no era otra cosa que un túnel directo y sin peajes hacia la Segunda B fue increíble. Tremendo. Inesperado. Rocambolesco. Vamos, propio de las pelis del Almodóvar que daba sus primeros pasos como director (paralelamente quiso ser estrella musical de la Movida; anteriormente fue ordenanza en Telefónica) a mediados de los 80.
En la citada cinta, la cuarta de la filmografía del manchego más universal desde Don Quijote y Sara Montiel, a la Maura le tocaba cargar con un marido fanfarrón, machista y maltratador (enorme Ángel de Andrés) y con una suegra paranoica que resultaba ser más agarrada que un chotis (encarnada por la eterna Chus Lampreave, que coleccionaba magdalenas y negociaba con las botellas de Vichy Catalán que tenía guardadas en un armario). Como guinda, el hijo mayor traficaba con drogas y el pequeño prostituía su cuerpo con hombres adultos. Vamos, un cuadro pintado con histéricos brochazos. A la Peña, que venía de empatar a tres en la ida jugada en casa, le igualaban tras ganar durante 72 minutos.
En el 94 de juego. A uno del pitido final. En una jugada llena de rechaces. Con un cabezazo desde fuera del área.
«Pocos goles me han marcado así», suspiró tras el encuentro Javi Seral. ¿Qué había hecho él para merecer ese palo? Nada. Como Rubén Martínez, al que 35 personas le animaban desde el graderío. No eran de Santa Eulària. Venían de mucho más cerca. A 119 kilómetros de distancia y una hora escasa de viaje en coche de Lorca, nació el peñista. Desde Zújar (Granada) acudieron familiares, amigos y vecinos del central. Con ellos, los aficionados blancos desplazados desde Eivissa. Otra treintena. Entre la hinchada, el capitán Berto, al que se le veía exultante, rodeado de otros compañeros que no podían entrar en los planes de Mario Ormaechea por culpa de las lesiones.
En la cafetería del Municipal de la Villa del Río se coreó el nombre del asturiano cuando le enfocaron las cámaras que retransmitían el duelo. La felicidad por el ascenso que se rozaba se derramaba en cánticos y percusión sobre las mesas de madera. Guillermo Vallori, analista en IB3, se comía las uñas presa de los nervios. Cuando restaba un aliento, marcó Meca. Las ilusiones que había despertado Piquero se desvanecieron como un terrón de azúcar en una taza de café. Y el bar se vació en silencio.

El gran interesado: El Isleño, a un paso de salvarse en Tercera
El Atlético Isleño estaba ayer muy pendiente de la Peña Deportiva. Si el equipo santaeulaliense superaba a La Hoya Lorca y se colaba en Segunda B, los ´vileros´ se salvaban. Por lo tanto, durante tres cuartas partes del encuentro que se disputó en la ciudad murciana, el Isleño fue equipo de Tercera. El empate, doloroso y cruel, mantiene a los de Can Misses en descenso. Eso sí, en el club azulón se seguirá muy de cerca al cuadro que entrena Mario Ormaechea en las dos rondas que quedan. El ascenso sigue siendo posible para los peñistas, al igual que para el Poblense, que también pasó ronda. No lo hicieron ni el Formentera ni el Alcúdia.

¿Qué he hecho yo para merecer esto?

Unos 35 granadinos acudieron a animar a su paisano Rubén Martínez.
Unos 35 granadinos acudieron a animar a su paisano Rubén Martínez.
diariodeibiza.es Con una cara que reflejaba frustración, incomprensión, impotencia y cabreo en general –imitación de las muchas que dejó Carmen Maura en la almodovariana ¿Qué he hecho yo para merecer esto?– salían los aproximadamente 35 peñistas (de tres generaciones distintas) que se habían reunido para ver el duelo entre La Hoya Lorca y su equipo del alma. Eran las dos de la tarde y ninguno tenía hambre. Y no porque se hubieran zampado una generosa cantidad de pizza, aceitunas y otros aperitivos. El estómago se les había cerrado de golpe. La culpa, de Ginés Meca (en el fútbol es mejor no cruzarte con tus ex, si no, que se lo digan al Real Madrid con Samuel Eto´o, por citar solo al demonio mayor). De la pelada cabeza de un Meca que marcaba por tercera vez en lo que iba de eliminatoria. Maldita la hora, pensó alguno de los que se tapaba el rostro, preso de la incredulidad. Porque ayer, el desenlace de un partido que no era otra cosa que un túnel directo y sin peajes hacia la Segunda B fue increíble. Tremendo. Inesperado. Rocambolesco. Vamos, propio de las pelis del Almodóvar que daba sus primeros pasos como director (paralelamente quiso ser estrella musical de la Movida; anteriormente fue ordenanza en Telefónica) a mediados de los 80. En la citada cinta, la cuarta de la filmografía del manchego más universal desde Don Quijote y Sara Montiel, a la Maura le tocaba cargar con un marido fanfarrón, machista y maltratador (enorme Ángel de Andrés) y con una suegra paranoica que resultaba ser más agarrada que un chotis (encarnada por la eterna Chus Lampreave, que coleccionaba magdalenas y negociaba con las botellas de Vichy Catalán que tenía guardadas en un armario). Como guinda, el hijo mayor traficaba con drogas y el pequeño prostituía su cuerpo con hombres adultos. Vamos, un cuadro pintado con histéricos brochazos. A la Peña, que venía de empatar a tres en la ida jugada en casa, le igualaban tras ganar durante 72 minutos. En el 94 de juego. A uno del pitido final. En una jugada llena de rechaces. Con un cabezazo desde fuera del área. «Pocos goles me han marcado así», suspiró tras el encuentro Javi Seral. ¿Qué había hecho él para merecer ese palo? Nada. Como Rubén Martínez, al que 35 personas le animaban desde el graderío. No eran de Santa Eulària. Venían de mucho más cerca. A 119 kilómetros de distancia y una hora escasa de viaje en coche de Lorca, nació el peñista. Desde Zújar (Granada) acudieron familiares, amigos y vecinos del central. Con ellos, los aficionados blancos desplazados desde Eivissa. Otra treintena. Entre la hinchada, el capitán Berto, al que se le veía exultante, rodeado de otros compañeros que no podían entrar en los planes de Mario Ormaechea por culpa de las lesiones. En la cafetería del Municipal de la Villa del Río se coreó el nombre del asturiano cuando le enfocaron las cámaras que retransmitían el duelo. La felicidad por el ascenso que se rozaba se derramaba en cánticos y percusión sobre las mesas de madera. Guillermo Vallori, analista en IB3, se comía las uñas presa de los nervios. Cuando restaba un aliento, marcó Meca. Las ilusiones que había despertado Piquero se desvanecieron como un terrón de azúcar en una taza de café. Y el bar se vació en silencio. El gran interesado: El Isleño, a un paso de salvarse en Tercera El Atlético Isleño estaba ayer muy pendiente de la Peña Deportiva. Si el equipo santaeulaliense superaba a La Hoya Lorca y se colaba en Segunda B, los ´vileros´ se salvaban. Por lo tanto, durante tres cuartas partes del encuentro que se disputó en la ciudad murciana, el Isleño fue equipo de Tercera. El empate, doloroso y cruel, mantiene a los de Can Misses en descenso. Eso sí, en el club azulón se seguirá muy de cerca al cuadro que entrena Mario Ormaechea en las dos rondas que quedan. El ascenso sigue siendo posible para los peñistas, al igual que para el Poblense, que también pasó ronda. No lo hicieron ni el Formentera ni el Alcúdia.

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