Hay proyectos que crecen a golpe de presupuesto y otros que se consolidan a base de insistencia, identidad y una fe inquebrantable en lo que hacen. El Class Bàsquet Sant Antoni pertenece, sin demasiada discusión, al segundo grupo. El conjunto ibicenco ha convertido en hábito lo que para muchos clubes sería una excepción: pelear cada primavera por el ascenso. Esta temporada volverá a disputar el ‘play-off’ hacia la Primera FEB y, con ello, firmará su quinta presencia consecutiva en la fase decisiva desde que aterrizó en la tercera categoría del baloncesto nacional.
No se trata únicamente de una cifra llamativa. Detrás de ese dato hay una trayectoria que explica muy bien la dimensión del crecimiento del bloque de Sant Antoni. Desde su estreno en la entonces LEB Plata, en la campaña 2021-22, el equipo no ha dejado de presentarse en la zona noble de la competición. Lo hizo primero con el descaro del recién llegado, luego con la madurez de quien aprende de los golpes y ahora con la autoridad de un aspirante serio, sostenido en el tiempo y cada vez más cerca del gran salto.
La temporada actual ha elevado todavía más el listón. El equipo que dirige Josep Maria Berrocal no solo tiene asegurada su presencia en las eliminatorias, sino que encara el tramo final con un premio mayor al alcance de la mano: acabar primero del Grupo Este. Ese escenario abriría una vía mucho más directa hacia el ascenso, con una eliminatoria a doble partido frente al campeón del otro grupo, plaza que por ahora ocupa el Coto Córdoba. Quedan cinco jornadas y el margen de error es mínimo, pero el Sant Antoni llega a ese desenlace dependiendo de sí mismo, una posición de privilegio que confirma que su candidatura no responde a un impulso puntual, sino a una construcción firme.
El recorrido reciente del club ayuda a entender por qué este nuevo ‘play-off’ tiene un sabor especial. En su debut en la categoría, el conjunto ibicenco cerró la fase regular en tercera posición, con 16 victorias y 10 derrotas, una tarjeta más que notable para un recién llegado. Aquel primer viaje a las eliminatorias, sin embargo, tuvo un aterrizaje brusco ante el Reina Yogur Clavijo. Un año después, con mejores números en la liga regular, el equipo volvió a chocar pronto, esta vez frente al Clínica Ponferrada. Fueron dos intentos frustrados, dos lecciones duras y la sensación de que el equipo competía bien, pero todavía no estaba preparado para descifrar ese tipo de escenarios donde cada detalle pesa el doble.
La transformación llegó en la campaña 2023-24. El Sant Antoni no solo terminó segundo con un balance de 19-7, sino que rompió por fin la barrera mental de las eliminatorias. Superó al Melilla Ciudad del Deporte y al CB L’Horta Godella, enlazó cuatro victorias seguidas en ‘play-off’ y se plantó en la final por el ascenso. Allí apareció el CB Starlabs Morón y, con él, un desenlace amargo: derrota en tierras andaluzas y una remontada que se quedó al borde en Sa Pedrera, entre la frustración y la sensación de que el ascenso había pasado rozando.
Lejos de desinflarse, el conjunto portmanyí regresó con más fuerza en la 2024-25. Otra segunda plaza en la fase regular, esta vez con 20 triunfos y solo seis derrotas, y una nueva marcha imponente en las eliminatorias. Biele ISB y CB Prat fueron apartados con solvencia, sin conceder una sola derrota. Otra vez, sin embargo, el último escalón se hizo demasiado empinado. El Melilla Ciudad del Deporte acabó frustrando el sueño en la final, con un guion que sonó dolorosamente familiar: tropiezo en la ida y reacción insuficiente en la vuelta. El ascenso volvió a escaparse cuando ya parecía olerse de cerca.
Ese contexto convierte el presente en algo más que una buena clasificación. El Sant Antoni ya no es una sorpresa ni un invitado simpático en la pelea. Es un aspirante con cicatrices, con poso competitivo y con una experiencia acumulada que puede marcar diferencias en el momento decisivo. El vestuario sabe lo que cuesta llegar hasta aquí y también conoce el precio de perdonar. En una categoría tan exigente, ese aprendizaje no garantiza nada, pero sí otorga una ventaja invisible: la capacidad de sostenerse cuando la tensión aprieta.
Ahora todo queda resumido en cinco partidos, tres en casa y dos lejos de Ibiza. Cinco finales, como tantas veces se dice en el deporte, aunque en este caso el tópico encierra una verdad literal. De ese último sprint saldrá la posición definitiva del equipo de Berrocal y, probablemente, también el tono con el que afrontará el reto del ascenso. Terminar primero sería una recompensa enorme, no solo por la clasificación, sino porque situaría al club ante la oportunidad de jugarse el salto en una eliminatoria de campeón a campeón, una vía más corta hacia la historia.
A estas alturas, el gran mérito del Class Bàsquet Sant Antoni ya no consiste solo en llegar. Su auténtico valor está en haberse quedado a vivir entre los mejores. En un ecosistema donde muchos proyectos aparecen con fuerza y se apagan con la misma rapidez, el cuadro ibicenco ha levantado una identidad competitiva reconocible. El siguiente paso, naturalmente, es transformar esa regularidad en ascenso. Porque el Sant Antoni ya ha demostrado que sabe llamar a la puerta. Lo que le reclama esta primavera es algo más ambicioso: derribarla de una vez.


















































































