1-1. Gol agónico y tablas con sabor a alivio en Sant Rafel

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La SD Ibiza se agarró al aliento final para rescatar un empate frente al Porreres (1-1) en un derbi balear de Segunda RFEF que parecía condenado al naufragio. El desenlace llegó en la última bocanada, cuando el reloj ya no concedía margen y el aire se cortaba en la grada. Fue Diego Jiménez quien apareció en el momento justo para evitar un tropiezo que hubiera dejado heridas profundas.

El encuentro arrancó con ritmo vibrante, casi eléctrico, con los locales buscando marcar territorio desde el pitido inicial. Las primeras llegadas auguraban una tarde animada, con ocasiones que levantaron a la afición de los asientos. Sin embargo, la pólvora se fue apagando con el paso de los minutos. El Porreres, paciente y ordenado, logró enfriar la efervescencia ibicenca y acabar castigando con un disparo lejano que se coló junto al palo. El gol visitante, antes del descanso, cayó como una losa y dejó a los de Vila desorientados.

La segunda mitad se hizo cuesta arriba. La SD Ibiza movía piezas, trataba de empujar con corazón más que con ideas, pero chocaba una y otra vez contra el muro mallorquín. El Porreres, cómodo en su papel, incluso coqueteó con ampliar la ventaja mientras el tiempo volaba y el nerviosismo se instalaba en Sant Rafel. La grada empezaba a asumir lo peor cuando, a diez del final, el guion dio un vuelco. El larguero primero, un defensa sobre la línea después y, por fin, el acierto de Jiménez encendieron la chispa de la rebelión.

El 1-1 llegó en el minuto 94, en pleno caos, en esa frontera donde los partidos se juegan con más fe que táctica. El estadio explotó de alivio, consciente de que el punto, más allá de lo estadístico, tenía sabor a resistencia. Hubo incluso un último intercambio de paradas salvadoras, prueba de que el duelo no perdió dramatismo hasta la última exhalación.

El empate deja a ambos conjuntos en esa zona donde cada jornada pesa como una final. Para los ibicencos, el mensaje es claro: no basta con la reacción a última hora, pero la capacidad de no rendirse mantiene viva la confianza. En Sant Rafel, el choque terminó en empate, pero con la sensación de haber sobrevivido a una tormenta que pudo ser mucho peor.

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