Dentro de la cabeza del hombre que ha construido este Ibiza

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Llegó a finales de mayo después de seis temporadas y media haciendo crecer al Tarazona y avisó desde el primer día: venía a construir un equipo preparado para ascender. Tres meses después, Míchel Sanz ha cambiado profundamente la UD Ibiza, ha puesto experiencia de Primera y Segunda al servicio de Raúl Llona, ha buscado juventud y hambre y ha dejado una plantilla que todavía puede recibir algún retoque. Con la Liga a punto de empezar y el mercado entrando en su recta definitiva, llega la semana del hombre que trabaja cuando casi nadie lo ve.

Hay una parte del fútbol que ocurre a la vista de todos.

La de Raúl Llona.

Once jugadores. Un balón. Entrenamientos. Cambios. Presión alta. Goles. Resultados.

Y existe otra que durante estos días se juega prácticamente a oscuras.

Teléfonos.

Representantes.

Ofertas.

Jugadores esperando.

Clubes que necesitan vender.

Futbolistas que descubren que tendrán menos minutos de los que imaginaban.

Oportunidades que hace un mes eran imposibles y que, cuando el mercado se acerca al final, empiezan a dejar de serlo.

Ese partido lo juega Míchel Sanz.

Y probablemente haya llegado su semana más interesante desde que aterrizó en Ibiza.

No vino escondiendo el objetivo

Conviene regresar por un momento al 16 de junio.

Míchel Sanz acababa de llegar y podía haber utilizado el habitual catálogo de prudencia del fútbol.

Competir.

Ir partido a partido.

Intentar estar arriba.

Construir un proyecto.

No lo hizo.

«Vamos a hacer un equipo para estar preparados para ascender a Segunda División».

Así de sencillo.

Y añadió algo que, visto ahora, resulta incluso más interesante.

Sanz explicó que buscaba una plantilla competitiva, equilibrada, con recursos y, por encima de todo, con «hambre». También calculó públicamente la magnitud del trabajo que tenía por delante: habría que incorporar alrededor de 14 o 15 futbolistas.

No era una reforma.

Era prácticamente tirar paredes.

Primero hubo que vaciar

Antes de fichar había que tomar decisiones bastante menos agradables.

Y Sanz tampoco titubeó ahí.

La dirección deportiva decidió no renovar a ninguno de los futbolistas que terminaban contrato y comunicó a otros jugadores con vinculación en vigor que no entraban en el nuevo proyecto.

El mensaje era bastante evidente:

el Ibiza anterior se había terminado.

No habría retoques cosméticos después de una temporada decepcionante. El nuevo director deportivo quería construir prácticamente desde cero.

Y eso explica mucho de lo que ha ocurrido después.

La palabra que mejor define el mercado: experiencia

Si uno coloca los fichajes sobre una mesa, empieza a descubrir el dibujo.

Míchel Sanz no ha construido una plantilla exclusivamente de jóvenes promesas.

Tampoco una colección de nombres veteranos.

Pero sí ha buscado una cosa con bastante insistencia:

futbolistas que sepan dónde se están metiendo.

Eric Curbelo es probablemente uno de los mejores ejemplos.

159 partidos oficiales durante sus seis campañas con el primer equipo de Las Palmas. Ascenso a Primera. Experiencia en la máxima categoría. Y la pasada temporada, Sporting de Gijón.

José Carlos Lazo aporta otro tipo de currículum.

Cantera del Real Madrid, fútbol profesional, nueve goles en el Lugo, ascenso a Primera con el Almería y otro con el Espanyol.

Manu Justo ofrece otra pista todavía más evidente.

Tres ascensos a Segunda División.

Racing de Santander.

Racing de Ferrol.

Cultural Leonesa.

Y precisamente con la Cultural acumuló 18 goles en 67 partidos oficiales.

No parece casualidad.

Si el objetivo declarado es ascender, Sanz ha querido introducir en el vestuario jugadores que ya saben lo que pesa jugar por un ascenso.

Pero no todo son kilómetros

Aquí aparece la segunda parte de la construcción.

Porque junto a esos currículums han llegado apuestas muy diferentes.

Pablo Busto nació en 2005.

Cantera del Betis.

Internacional español sub-18 y sub-19.

Debutante en Primera División con el conjunto verdiblanco.

Rareș Vlad nació en 2006 y llega después de formarse en las estructuras del Nàstic y el Mallorca, donde llegó a entrar en convocatorias del primer equipo.

Otros perfiles incorporados durante el verano también encajan en esa búsqueda de futbolistas con recorrido por delante.

Es una combinación interesante.

Jugadores que conocen el camino y jugadores que todavía quieren recorrerlo.

Veteranos que no deberían necesitar tres meses para entender la exigencia de Primera Federación y jóvenes que ven Ibiza como un lugar desde el que crecer.

Eso encaja bastante bien con aquella palabra que Sanz repitió durante su presentación.

Hambre.

«No van a venir de vuelta»

De todas las frases que pronunció aquel día hubo una especialmente significativa.

Sanz admitió abiertamente que llegarían jugadores procedentes de Segunda División.

Pero introdujo inmediatamente una condición:

«No van a venir de vuelta».

No quería que Ibiza se convirtiera en un último destino cómodo.

De hecho, fue todavía más gráfico al describir el perfil que buscaba: futbolistas con «sangre en los ojos» por ganar y ascender.

La frase puede sonar exagerada.

Pero sirve para entender el mercado.

Lazo tiene 30 años.

Manu Justo, 30.

Curbelo, 32.

La apuesta no parece estar condicionada por el DNI.

La pregunta es otra.

¿Todavía quieren algo?

Si la respuesta de Sanz es sí, la edad pasa a segundo plano.

Antes de Ibiza hubo un laboratorio llamado Tarazona

También conviene entender de dónde viene el hombre que está tomando estas decisiones.

Porque Míchel Sanz no aterrizó procedente de la dirección deportiva de un gigante.

Llegó del Tarazona.

Y eso quizá explique parte de su manera de trabajar.

Estuvo ligado durante años al club aragonés, primero como futbolista y después en los despachos. Asumió la dirección deportiva en 2019 y terminó permaneciendo seis temporadas y media en el cargo.

Durante ese periodo el Tarazona consiguió dos ascensos consecutivos hasta alcanzar Primera Federación y posteriormente logró mantenerse tres temporadas en la categoría, llegando incluso a firmar un sexto puesto.

Todo ello trabajando con unas posibilidades económicas muy diferentes a las que ahora tiene en Ibiza.

Ahí existe una diferencia enorme.

En Tarazona había que encontrar rendimiento donde otros quizá no miraban.

En Ibiza existe mayor capacidad para competir por determinados jugadores.

Ahora Sanz tiene que demostrar que sabe hacer las dos cosas.

Encontrar y elegir.

Y elegir bien cuando tienes más opciones puede ser incluso más difícil.

Hay otro detalle interesante sobre su manera de trabajar

Su llegada a los despachos tampoco fue improvisada.

Cuando en 2019 pasó de capitán del Tarazona a director deportivo explicó una forma de trabajar que resulta bastante reconocible: reuniones constantes con el entrenador para determinar qué posiciones podían mejorarse y, a partir de ahí, estudiar futbolistas.

Siete años después el escenario ha cambiado.

La filosofía parece bastante menos.

Porque el Ibiza no ha fichado simplemente una colección de nombres.

La plantilla tiene que servir al fútbol que pretende Raúl Llona.

Llona y Sanz: dos piezas que tenían que encajar

Este detalle resulta fundamental.

Una dirección deportiva puede fichar buenos jugadores y construir un mal equipo.

Porque el mercado no consiste únicamente en acumular talento.

Consiste en que las piezas encajen.

Llona quiere un Ibiza agresivo, capaz de instalarse arriba, presionar y recuperar pronto. Y durante la pretemporada ya hemos visto algunas de esas intenciones.

Por eso tienen sentido determinados perfiles.

Laterales con recorrido.

Centrocampistas capaces de sostener esa presión.

Atacantes que puedan moverse por diferentes posiciones.

Futbolistas físicos.

Jugadores acostumbrados a competir.

Y las primeras semanas ya han dejado una pista: Sanz no parece haber construido un once, sino una plantilla pensada para ofrecerle soluciones diferentes a Llona.

Ahora llegará la prueba definitiva.

Comprobar si el puzzle que funcionaba sobre el papel funciona también los domingos.

Y el primer examen está a la vuelta de la esquina

La pretemporada ya ha terminado.

Cinco victorias.

Un empate.

16 goles marcados.

Cuatro recibidos.

Buenas sensaciones generales y también algún aviso en el último 1-1 frente al Mallorca B.

Pero nada de eso decide si Míchel Sanz ha acertado.

Eso sería demasiado fácil.

Una plantilla no se evalúa en agosto.

Se evalúa cuando aparecen lesiones.

Cuando llegan dos derrotas.

Cuando el delantero deja de marcar.

Cuando alguien que esperaba ser titular se queda en el banquillo.

Cuando hay que viajar a uno de esos campos donde Primera Federación deja de parecer fútbol profesional durante 90 minutos.

Y, sobre todo, cuando llega mayo y se mira la clasificación.

El propio Sanz puso entonces el listón.

Su objetivo era regresar allí al final de temporada para «celebrar algo importante».

No podrá decir que nadie se lo puso.

Se lo puso él.

Pero todavía no ha terminado

Y aquí llegamos al momento actual.

Porque el Ibiza que empieza la Liga puede no ser todavía el Ibiza definitivo.

El mercado entra en sus últimos días.

Y esos días son un mundo aparte.

Jugadores que parecían inaccesibles empiezan a tener menos opciones.

Equipos de categorías superiores terminan de definir sus plantillas.

Aparecen cesiones.

Surgen salidas.

Los representantes llaman.

Los precios cambian.

Y una operación imposible el 15 de julio puede convertirse en una oportunidad cuando agosto empieza a despedirse.

Por eso ahora quizá no se trate de fichar mucho.

Se trata de fichar exactamente lo que falta.

La plantilla ya tiene forma.

Cualquier pieza que llegue a estas alturas debe elevarla.

La semana de Míchel

Raúl Llona ya piensa en el Antequera.

Míchel Sanz seguramente también.

Pero su teléfono difícilmente tendrá el mismo ritmo que dentro de un mes.

Porque mientras el entrenador empieza a preparar el primer partido que vale tres puntos, el director deportivo todavía juega otro.

El último del verano.

Y tiene una particularidad.

No sabemos cuándo aparecerá la ocasión.

Puede ser esta tarde.

Mañana.

O en las últimas horas de mercado.

Eso convierte esta semana en una especie de prórroga para el constructor del nuevo Ibiza.

Durante tres meses ha derribado una plantilla y levantado otra.

Ha mezclado experiencia con juventud.

Ha incorporado futbolistas que conocen Primera y Segunda División con otros que todavía quieren descubrir hasta dónde pueden llegar.

Ha entregado a Llona buena parte de las herramientas.

Pero todavía puede quedar alguna en la caja.

Después ya no habrá mercado que valga

Y entonces llegará la parte más cruel del oficio.

Cuando se cierre el mercado, Míchel Sanz desaparecerá un poco.

Dejaremos de hablar de él.

Los focos apuntarán a Llona.

A Lazo.

A Manu Justo.

A Curbelo.

A Yoldi.

A quien marque.

Y a quien falle.

Es lo normal.

El director deportivo trabaja para que después hablen otros.

Pero detrás de cada once que saque Llona habrá una decisión tomada durante estos meses.

Detrás de cada sustitución habrá otra.

Y detrás de buena parte de lo que ocurra esta temporada estará el hombre que llegó a Ibiza a finales de mayo prometiendo construir un equipo preparado para ascender.

Ahora casi ha terminado.

Falta saber si queda algún último movimiento.

Y después llegará lo verdaderamente difícil.

Descubrir si Míchel Sanz simplemente ha construido un Ibiza nuevo o ha construido el Ibiza que necesitaba Llona para pelear por subir a Segunda.

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