Del barro de la Preferente al cielo de Tercera: la historia de un pueblo que volvió a creer

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Sant Jordi

Hay ascensos y hay historias.

La del Sant Jordi pertenece a la segunda categoría.

Porque lo que ocurrió este domingo en el Kiko Serra no fue únicamente una remontada. Fue el final feliz de un año entero levantándose después de una caída. Fue la recompensa a un club que hace apenas doce meses estaba digiriendo el golpe de un descenso doloroso y que hoy vuelve a mirar de frente al fútbol balear.

Cuando el árbitro señaló el final de la prórroga ante el Pòrtol, ya no quedaban nervios. Solo abrazos. Muchos abrazos. Algunos con lágrimas. Otros con gritos. Los jugadores corriendo sin rumbo. Los aficionados saltando al césped. Padres buscando a sus hijos. Niños vestidos de verdinegro intentando entender que estaban viviendo uno de esos días que recordarán dentro de muchos años.

Porque Sant Jordi no es un club cualquiera.

Es el equipo de un pueblo de poco más de diez mil habitantes, pegado al aeropuerto y a pocos minutos de Vila, pero que sigue conservando alma de pueblo. Un lugar donde muchos de los que llenaban el Kiko Serra el domingo se conocen desde hace toda la vida. Donde el fútbol sigue siendo un punto de encuentro y donde el escudo tiene mucho más valor que una simple camiseta.

Fundado en 1949, el Sant Jordi lleva más de siete décadas formando futbolistas y reuniendo generaciones enteras alrededor de un balón. Es uno de esos clubes que forman parte de la vida cotidiana del pueblo. Un club donde muchos padres vieron jugar a sus hijos y donde ahora muchos de esos hijos llevan a sus propios niños al Kiko Serra los fines de semana.

Pero los reconocimientos no marcan goles.

Los goles los marcan futbolistas como Chaco o Gualdrón.

Y el domingo tocó sufrir antes de celebrar.

Mucho.

Porque el ascenso estuvo a centímetros de escaparse. Porque el penalti detenido por Iván cambió la historia de la tarde. Porque cuando el reloj ya se acercaba al noventa había más miedo que esperanza en muchas caras de la grada. Y porque en el fútbol, cuando el tiempo se acaba, la lógica suele desaparecer.

Entonces apareció Chaco.

Y después apareció Gualdrón.

Y el Kiko Serra explotó.

Durante unos minutos, el pequeño campo de Sant Jordi se convirtió en el centro del mundo para cientos de personas.

Seguramente Rafa Payán pensó en todo lo recorrido. En los entrenamientos de invierno con frío y viento. En las derrotas. En las dudas. En las conversaciones de vestuario. En las veces que tuvo que convencer a los suyos de que el objetivo seguía vivo.

Seguramente Alfonso Rojo, presidente del club, también recordó muchas cosas. Porque dirigir una entidad humilde nunca consiste únicamente en hablar de fútbol. Significa cuadrar presupuestos, buscar ayudas, resolver problemas y mantener vivo un proyecto que depende del esfuerzo de mucha gente que trabaja por pasión y no por interés.

Por eso este ascenso tiene algo especial.

No es el ascenso de un gran club con una estructura profesional detrás. Es el ascenso de una entidad que hace un año estaba en la lona. De un grupo de jugadores que decidió quedarse para intentarlo otra vez. De un entrenador que creyó. De una directiva que no perdió la calma. De una afición que llenó el Kiko Serra cuando más falta hacía.

Quizá por eso la imagen más bonita no fue el gol de Gualdrón.

Ni siquiera la parada de Iván.

Fue ver el campo invadido por la gente del pueblo.

Porque al final, más allá de las categorías, los ascensos o los títulos, el fútbol sigue siendo esto: una excusa maravillosa para que una comunidad entera celebre junta.

Y el domingo Sant Jordi celebró como solo celebran los pueblos pequeños.

Como si el mundo se hubiera detenido durante unos minutos para ser completamente feliz.

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