Por Pablo Sierra del Sol

El fútbol y los puertos se quieren. Es un amor centenario que no se marchita. A finales del siglo XIX, este deporte, que aún gateaba, fue entrando por mar en muchos países. Hamburgo, Rotterdam, Marsella, Río de Janeiro, Buenos Aires, y, más cerca de nuestra isla, Bilbao, Palamós, Huelva… Donde hubiera un puerto, habría un barco con bandera británica. Y dentro del barco, una pelota y varios futbolistas amateurs que bajarían a tierra firme para jugar pachangas cada vez más serias. Hay clubes, como el Boca Juniors, que nunca han podido desprenderse de su carácter portuario. Algo así le ocurre al Algeciras, donde el fútbol entró por su cercanía con Gibraltar, que era como tener los campos londinenses a media hora de distancia, y donde sus hinchas más fieles siguen siendo gente de puerto, estibadores para más señas.

En el partido de ida, estos aficionados que animan con la misma energía que gastan para descargar toneladas de mercancías en el mastodóntico puerto de Algeciras o para reivindicar unos derechos laborales blindados huelga tras huelga, ya se reivindicaron como los reyes del aliento desde las gradas del Nuevo Mirador. Las dos decenas que viajaron a Ibiza no dejaron de empujar al equipo de José Antonio Asián. También derrocharon cachondeo. A Rufete, que no sale de casa sin la gorra puesta, le bautizaron como “aparcacoches”, un piropo que también escuchaba Paco Chaparro cada vez que iba al Pizjuán como entrenador del Betis. El alicantino sabe que el fútbol también es ingenio popular y contestó encendiendo a la hinchada local con grandes aspavientos cuando la Unión Deportiva Ibiza marcó los dos goles. Rufete cada día se deja más claro que es un entrenador emocional. Un motivador nato que, a la manera de Klopp o el Cholo Simeone, le mete en la cabeza a sus jugadores el hambre por la victoria. La expectación que ha generado el primer partido de playoff a Segunda B que se juega en Can Misses en más de una década le ha permitido ser hoy, además, el jefe de un equipo de dos mil almas. La mejor entrada del año ha reunido a dos millares de aficionados, una cifra que debería ir creciendo si el equipo es capaz de pasar a la tercera ronda del playoff.

Aficionados del Algeciras protestan una acción del juego.

De momento no es una marea celeste. Ni un coro de gargantas futboleras. Pero sí, a diferencia de lo que ocurre en otros campos como el Municipal de Santa Eulària, empieza a percibirse ambiente futbolero. Bufandas, camisetas, familias enteras, chavales del plantel, veteranos aficionados de Sa Deportiva, jugadores que han militado esta temporada en otras escuadras… El maremágnum que quiere unificar Amadeo, el patrón de una UD Ibiza que aterrizó con retraso en la isla para, encabezando a la familia Salvo, apareció por el palco de Can Misses para repartir apretones de manos entre propios y extraños. Luego, Amadeo se sentó junto al presidente del Algeciras, con Agustín Perea, concejal de Deportes del Ayuntamiento de Vila, por el medio, para morderse las uñas hasta que Ramos empezó el trabajo y Cirio lo remató, como si fueran eficientes estibadores a la descarga de una victoria que descendió del barco teñida de celeste.

Celestes contra estibadores

Por Pablo Sierra del Sol El fútbol y los puertos se quieren. Es un amor centenario que no se marchita. A finales del siglo XIX, este deporte, que aún gateaba, fue entrando por mar en muchos países. Hamburgo, Rotterdam, Marsella, Río de Janeiro, Buenos Aires, y, más cerca de nuestra isla, Bilbao, Palamós, Huelva... Donde hubiera un puerto, habría un barco con bandera británica. Y dentro del barco, una pelota y varios futbolistas amateurs que bajarían a tierra firme para jugar pachangas cada vez más serias. Hay clubes, como el Boca Juniors, que nunca han podido desprenderse de su carácter portuario. Algo así le ocurre al Algeciras, donde el fútbol entró por su cercanía con Gibraltar, que era como tener los campos londinenses a media hora de distancia, y donde sus hinchas más fieles siguen siendo gente de puerto, estibadores para más señas. En el partido de ida, estos aficionados que animan con la misma energía que gastan para descargar toneladas de mercancías en el mastodóntico puerto de Algeciras o para reivindicar unos derechos laborales blindados huelga tras huelga, ya se reivindicaron como los reyes del aliento desde las gradas del Nuevo Mirador. Las dos decenas que viajaron a Ibiza no dejaron de empujar al equipo de José Antonio Asián. También derrocharon cachondeo. A Rufete, que no sale de casa sin la gorra puesta, le bautizaron como "aparcacoches", un piropo que también escuchaba Paco Chaparro cada vez que iba al Pizjuán como entrenador del Betis. El alicantino sabe que el fútbol también es ingenio popular y contestó encendiendo a la hinchada local con grandes aspavientos cuando la Unión Deportiva Ibiza marcó los dos goles. Rufete cada día se deja más claro que es un entrenador emocional. Un motivador nato que, a la manera de Klopp o el Cholo Simeone, le mete en la cabeza a sus jugadores el hambre por la victoria. La expectación que ha generado el primer partido de playoff a Segunda B que se juega en Can Misses en más de una década le ha permitido ser hoy, además, el jefe de un equipo de dos mil almas. La mejor entrada del año ha reunido a dos millares de aficionados, una cifra que debería ir creciendo si el equipo es capaz de pasar a la tercera ronda del playoff.
Aficionados del Algeciras protestan una acción del juego.
De momento no es una marea celeste. Ni un coro de gargantas futboleras. Pero sí, a diferencia de lo que ocurre en otros campos como el Municipal de Santa Eulària, empieza a percibirse ambiente futbolero. Bufandas, camisetas, familias enteras, chavales del plantel, veteranos aficionados de Sa Deportiva, jugadores que han militado esta temporada en otras escuadras... El maremágnum que quiere unificar Amadeo, el patrón de una UD Ibiza que aterrizó con retraso en la isla para, encabezando a la familia Salvo, apareció por el palco de Can Misses para repartir apretones de manos entre propios y extraños. Luego, Amadeo se sentó junto al presidente del Algeciras, con Agustín Perea, concejal de Deportes del Ayuntamiento de Vila, por el medio, para morderse las uñas hasta que Ramos empezó el trabajo y Cirio lo remató, como si fueran eficientes estibadores a la descarga de una victoria que descendió del barco teñida de celeste.

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