V. R./noudiari.es La Peña Deportiva se ha subido esta jornada al ascensor de la Liga para bajar al sótano del fútbol. Aunque las matemáticas dejan un resquicio para la salvación, lo cierto es que el equipo de Dani Mori tiene muy difícil, por no decir imposible, seguir en Segunda División B la campaña que viene.

Al equipo le ha faltado toda la temporada una pizca de suerte, mucha ambición y goles. Una plantilla confeccionada con prisas, un técnico sin experiencia en la categoría y el descarte de algunos de los artífices del ascenso emergen de repente del arcón de los reproches ahora que el futuro se tiñe de luto.

El plano económico también sale a escena en la relación de culpas. Habrá que convenir que el presupuesto del club para el primer equipo no ha sido tampoco el más adecuado para la categoría de bronce. Y no solo por voluntad o capricho de la directiva, que en su momento se dejó los nudillos picando puertas, algunas de las cuales jamás se abrieron. Otras no lo hicieron en la medida de lo garantizado… Ese fue el primer revés.

La coincidencia de dos ascensos en el club la misma temporada, el del primer equipo y el del juvenil a División de Honor, no ha ayudado en absoluto. Los recursos se han tenido que dividir en dos proyectos atractivos pero inviables de forma simultánea en un club modesto como el de Santa Eulària.

Además, por mal que suene, habría que recapacitar sobre la capacidad real que tiene la isla para mantener a un equipo juvenil en la máxima división de esta categoría. Ninguno de los que ha subido se ha mantenido, siempre se ha precisado de jugadores de fuera y la presencia de estos ha cerrado las puertas a los de casa, que, en vista del resultado final, podría haber disfrutado de la experiencia con idéntico efecto en la clasificación.

Volviendo al primer equipo, pocos clubes de Segunda B habrían mantenido al técnico tras una primera vuelta tan severamente reprobable como la que firmó la Peña. Si las cosas no funcionan hay que buscar soluciones. Tiempo hubo, ya que los malos resultados, por desgracia, fueron una constante desde el principio de la Liga.

Mori no tiene la culpa de nada, ha hecho sin remedio lo que ha podido con lo que ha tenido. En todo caso es de quienes le han avalado durante tanto tiempo sin buscar un sustituto que pudiera resolver la ecuación o, al menos, imponer otro orden a un vestuario que, de puertas hacia afuera, no se ha llevado un solo reproche. Ni el técnico ha admitido errores ni los futbolistas los han asumido. Y eso no es ni bueno ni normal.

Lo peor de todo es que con el descenso de la Peña pierde el club, el aficionado y el fútbol insular en general. Otra vez se deja pasar de largo la oportunidad de consolidar un equipo en una categoría donde ya se ve buen juego y mejores futbolistas. Una Segunda B que, además, permite pasear el nombre de la isla y de un municipio, en este caso Santa Eulària, por algunos estadios y localidades que otrora han sido referencia deportiva nacional e incluso internacional. Algún día aprenderemos. O no.

La Peña toma el ascensor de bajada

V. R./noudiari.es La Peña Deportiva se ha subido esta jornada al ascensor de la Liga para bajar al sótano del fútbol. Aunque las matemáticas dejan un resquicio para la salvación, lo cierto es que el equipo de Dani Mori tiene muy difícil, por no decir imposible, seguir en Segunda División B la campaña que viene. Al equipo le ha faltado toda la temporada una pizca de suerte, mucha ambición y goles. Una plantilla confeccionada con prisas, un técnico sin experiencia en la categoría y el descarte de algunos de los artífices del ascenso emergen de repente del arcón de los reproches ahora que el futuro se tiñe de luto. El plano económico también sale a escena en la relación de culpas. Habrá que convenir que el presupuesto del club para el primer equipo no ha sido tampoco el más adecuado para la categoría de bronce. Y no solo por voluntad o capricho de la directiva, que en su momento se dejó los nudillos picando puertas, algunas de las cuales jamás se abrieron. Otras no lo hicieron en la medida de lo garantizado… Ese fue el primer revés. La coincidencia de dos ascensos en el club la misma temporada, el del primer equipo y el del juvenil a División de Honor, no ha ayudado en absoluto. Los recursos se han tenido que dividir en dos proyectos atractivos pero inviables de forma simultánea en un club modesto como el de Santa Eulària.
Además, por mal que suene, habría que recapacitar sobre la capacidad real que tiene la isla para mantener a un equipo juvenil en la máxima división de esta categoría. Ninguno de los que ha subido se ha mantenido, siempre se ha precisado de jugadores de fuera y la presencia de estos ha cerrado las puertas a los de casa, que, en vista del resultado final, podría haber disfrutado de la experiencia con idéntico efecto en la clasificación. Volviendo al primer equipo, pocos clubes de Segunda B habrían mantenido al técnico tras una primera vuelta tan severamente reprobable como la que firmó la Peña. Si las cosas no funcionan hay que buscar soluciones. Tiempo hubo, ya que los malos resultados, por desgracia, fueron una constante desde el principio de la Liga. Mori no tiene la culpa de nada, ha hecho sin remedio lo que ha podido con lo que ha tenido. En todo caso es de quienes le han avalado durante tanto tiempo sin buscar un sustituto que pudiera resolver la ecuación o, al menos, imponer otro orden a un vestuario que, de puertas hacia afuera, no se ha llevado un solo reproche. Ni el técnico ha admitido errores ni los futbolistas los han asumido. Y eso no es ni bueno ni normal. Lo peor de todo es que con el descenso de la Peña pierde el club, el aficionado y el fútbol insular en general. Otra vez se deja pasar de largo la oportunidad de consolidar un equipo en una categoría donde ya se ve buen juego y mejores futbolistas. Una Segunda B que, además, permite pasear el nombre de la isla y de un municipio, en este caso Santa Eulària, por algunos estadios y localidades que otrora han sido referencia deportiva nacional e incluso internacional. Algún día aprenderemos. O no.

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