Jugadores del La Hoya Lorca, antes de iniciarse el partido (Foto: Francisco Natera).
Jugadores del La Hoya Lorca, antes de iniciarse el partido (Foto: Francisco Natera).

diariodeibiza.es La Peña Deportiva era ayer un niño cruzado de brazos que no se quería comer el brócoli, ese nutrititvo vegetal del que sus detractores afirman que «con su apestoso olor nos avisa de su horrible sabor». A los jugadores de Mario Ormaechea, la madre desesperada en la banda, vestidos de blanco angelical, se les atragantaban las verdosas camisetas de La Hoya Lorca. Las zamarras murcianas parecían robadas de la selección de Bolivia que participó en USA’94, aquel combinado que entrenado por Xabier Azkargorta –uno de los emblemas más contemporáneos del balompié vintage, época en la que dejarse bigote, como el frondoso mostacho del entrenador vasco, era todavía cool en la estética futbolera– se midió a España en el Mundial yanqui.

Después del atracón liguero, a los peñistas no les entraba por el ojo el partido más importante del año. Quizás por el cambio de hora (demasiado temprano para comer, demasiado tarde para desayunar) o por el cansancio físico de todos los kilómetros acumulados camino del tercer alirón, el cuero se hacía una bola en la boca del equipo local. Con el paso de los minutos, hubo dos conatos de vomitona, de ponerlo todo perdido y dar por finiquitada la primera opción para el tercer regreso peñista a Segunda B. Las primeras arcadas llegaron con el tanto de Armando, perfecta falta a la izquierda de un Javi Seral agarrotado como una estatua de sal, y se acrecentaron cuando Bienve le robó la cartera con toda la documentación encima a un Raúl Gómez que todavía se dolía del porrazo y la tarjeta que había recibido unos minutos antes.

Un jugador lorquino y otro peñista caen en un lance del encuentro (Foto: Francisco Natera).
Un jugador lorquino y otro peñista caen en un lance del encuentro (Foto: Francisco Natera).

Quedaba un mundo por delante en el caprichoso túnel del tiempo del play-off –donde el segundero se acelera y ralentiza sin avisar–, pero la agonía se palpaba en la grada cuando Caballero León decretó el final de la primera parte. «¡Si es que nos pitan siempre en contra!», expresó impotente uno de los aficionados más veteranos entre los 1.200 que se citaron en Santa Eulària. La fuerza de la hinchada se quemaba en el descanso, emborronando la pizarra de Ormaechea para reestructurarla metiendo a Fulano por Mengano, aunque se la echaba de menos cuando el esférico rodaba. El tendido estaba lleno, pero la mayor parte de la doce parecía estar en la ópera. Silencio (riguroso), se juega (y se pierde).

Algo mejoró el asunto cuando Piquero sumó el 23º de la temporada de su confirmación como goleador tras el paso de un ecuador, que tuvo que estar precedido por un buen chute motivacional de Ormaechea (o regañina de madre estricta, según se lea) en los quince minutos de encierro en el vestuario. Con el 1-2, una Peña más ofensiva parecía renacer. Falsas esperanzas. El brócoli mecánico seguía arrinconado a un lado del plato. La mole Ginés Meca, a la que se temía tanto que se la dejó sola ante el portero, puso el 1-3 y se fue a la ducha como los toreros: por la puerta grande.

De la indigestión a la besamel
Indigestión evidente. El enfermo necesitaba dieta blanda y algo de jarabe. Medicinal –por su efecto– y milagroso –por lo inverosímil de la parábola– fue el trallazo, una mezcla de laboratorio y alquimia, de Maline, que se disfrazó de Mikel Lasa (otro lateral izquierdo), Roger García Junyent o Gica Hagi para demostrar que ciertos zurdos no tienen prohibido convertir en goles los misiles que se lanzan desde la medular. En 23 minutos vibrantes y eternos se alinearon varios astros. Ormaechea cambió al gaditano (peñista entre peñistas) y a De Pablos (lastrado por su falta de ritmo) para introducir a Aitor y Pepe Bernal, que redemostraron que las autopistas del ataque las asfaltaron junto a las líneas de cal. El público captó el mensaje y la Scala de Milán se convirtió en Anfield teñido de blanco.

Piquero celebra el gol que abrió la lata (Foto: Fco. Natera).
Piquero celebra el gol que abrió la lata (Foto: Fco. Natera).

El millar de voces reclamó, silbó y apoyó. Hasta hubo cante y palmas. Fue la besamel perfecta para tragarse, de una vez, la maldita verdura. El 3-3 de Rubén Martínez alargó una guerra a base de firmar tablas en una batalla que se había perdido dos veces.

Un carrusel de ex en el campo: Peñistas ayer, hoy y mañana
El ahora ‘rafeler’ Manolo Aparicio abrazando a Guillermo Vallori, un káiser venido desde Baviera (juega en el 1860 Múnich en la Segunda alemana). Vicente Román recordando viejas historias junto a Juanjo Cruz. Nacho Villodre ataviado con el ‘5’ que tantos años llevó como peñista; su hijo, vestido igual. Adrián Ramos y David Yeste apoyando a su exequipo pese a ser, hasta hace no mucho, jóvenes valores de la entidad de Santa Eulària. Ellos eran solo algunos de los ex que llenaban ayer el campo de la Villa del Río. Y todos pensaban en blanco.

«Eivissa necesita un equipo en Segunda B», era la consigna que se repetía. El marcador tenía sabor agridulce. Hace falta ganar el próximo domingo en Lorca. El álbum de fotos de la Peña ya almacena alguna gesta. ¿Hay mejor momento que este para reeditarlas?

Un brócoli que casi se atraganta

Jugadores del La Hoya Lorca, antes de iniciarse el partido (Foto: Francisco Natera).
Jugadores del La Hoya Lorca, antes de iniciarse el partido (Foto: Francisco Natera).
diariodeibiza.es La Peña Deportiva era ayer un niño cruzado de brazos que no se quería comer el brócoli, ese nutrititvo vegetal del que sus detractores afirman que «con su apestoso olor nos avisa de su horrible sabor». A los jugadores de Mario Ormaechea, la madre desesperada en la banda, vestidos de blanco angelical, se les atragantaban las verdosas camisetas de La Hoya Lorca. Las zamarras murcianas parecían robadas de la selección de Bolivia que participó en USA’94, aquel combinado que entrenado por Xabier Azkargorta –uno de los emblemas más contemporáneos del balompié vintage, época en la que dejarse bigote, como el frondoso mostacho del entrenador vasco, era todavía cool en la estética futbolera– se midió a España en el Mundial yanqui. Después del atracón liguero, a los peñistas no les entraba por el ojo el partido más importante del año. Quizás por el cambio de hora (demasiado temprano para comer, demasiado tarde para desayunar) o por el cansancio físico de todos los kilómetros acumulados camino del tercer alirón, el cuero se hacía una bola en la boca del equipo local. Con el paso de los minutos, hubo dos conatos de vomitona, de ponerlo todo perdido y dar por finiquitada la primera opción para el tercer regreso peñista a Segunda B. Las primeras arcadas llegaron con el tanto de Armando, perfecta falta a la izquierda de un Javi Seral agarrotado como una estatua de sal, y se acrecentaron cuando Bienve le robó la cartera con toda la documentación encima a un Raúl Gómez que todavía se dolía del porrazo y la tarjeta que había recibido unos minutos antes.
Un jugador lorquino y otro peñista caen en un lance del encuentro (Foto: Francisco Natera).
Un jugador lorquino y otro peñista caen en un lance del encuentro (Foto: Francisco Natera).
Quedaba un mundo por delante en el caprichoso túnel del tiempo del play-off –donde el segundero se acelera y ralentiza sin avisar–, pero la agonía se palpaba en la grada cuando Caballero León decretó el final de la primera parte. «¡Si es que nos pitan siempre en contra!», expresó impotente uno de los aficionados más veteranos entre los 1.200 que se citaron en Santa Eulària. La fuerza de la hinchada se quemaba en el descanso, emborronando la pizarra de Ormaechea para reestructurarla metiendo a Fulano por Mengano, aunque se la echaba de menos cuando el esférico rodaba. El tendido estaba lleno, pero la mayor parte de la doce parecía estar en la ópera. Silencio (riguroso), se juega (y se pierde). Algo mejoró el asunto cuando Piquero sumó el 23º de la temporada de su confirmación como goleador tras el paso de un ecuador, que tuvo que estar precedido por un buen chute motivacional de Ormaechea (o regañina de madre estricta, según se lea) en los quince minutos de encierro en el vestuario. Con el 1-2, una Peña más ofensiva parecía renacer. Falsas esperanzas. El brócoli mecánico seguía arrinconado a un lado del plato. La mole Ginés Meca, a la que se temía tanto que se la dejó sola ante el portero, puso el 1-3 y se fue a la ducha como los toreros: por la puerta grande. De la indigestión a la besamel Indigestión evidente. El enfermo necesitaba dieta blanda y algo de jarabe. Medicinal –por su efecto– y milagroso –por lo inverosímil de la parábola– fue el trallazo, una mezcla de laboratorio y alquimia, de Maline, que se disfrazó de Mikel Lasa (otro lateral izquierdo), Roger García Junyent o Gica Hagi para demostrar que ciertos zurdos no tienen prohibido convertir en goles los misiles que se lanzan desde la medular. En 23 minutos vibrantes y eternos se alinearon varios astros. Ormaechea cambió al gaditano (peñista entre peñistas) y a De Pablos (lastrado por su falta de ritmo) para introducir a Aitor y Pepe Bernal, que redemostraron que las autopistas del ataque las asfaltaron junto a las líneas de cal. El público captó el mensaje y la Scala de Milán se convirtió en Anfield teñido de blanco.
Piquero celebra el gol que abrió la lata (Foto: Fco. Natera).
Piquero celebra el gol que abrió la lata (Foto: Fco. Natera).
El millar de voces reclamó, silbó y apoyó. Hasta hubo cante y palmas. Fue la besamel perfecta para tragarse, de una vez, la maldita verdura. El 3-3 de Rubén Martínez alargó una guerra a base de firmar tablas en una batalla que se había perdido dos veces. Un carrusel de ex en el campo: Peñistas ayer, hoy y mañana El ahora ‘rafeler’ Manolo Aparicio abrazando a Guillermo Vallori, un káiser venido desde Baviera (juega en el 1860 Múnich en la Segunda alemana). Vicente Román recordando viejas historias junto a Juanjo Cruz. Nacho Villodre ataviado con el ‘5’ que tantos años llevó como peñista; su hijo, vestido igual. Adrián Ramos y David Yeste apoyando a su exequipo pese a ser, hasta hace no mucho, jóvenes valores de la entidad de Santa Eulària. Ellos eran solo algunos de los ex que llenaban ayer el campo de la Villa del Río. Y todos pensaban en blanco. «Eivissa necesita un equipo en Segunda B», era la consigna que se repetía. El marcador tenía sabor agridulce. Hace falta ganar el próximo domingo en Lorca. El álbum de fotos de la Peña ya almacena alguna gesta. ¿Hay mejor momento que este para reeditarlas?

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