Ramiro González: cuando la psicología vale tanto como la pizarra

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Hay técnicos que destacan por la táctica. Otros por la pizarra. Y luego están los que consiguen algo mucho más complicado: convencer a un vestuario de que todavía puede lograr aquello que parecía escaparse.

Ramiro González pertenece a este último grupo.

Cuando la Peña Deportiva decidió relevar a Raúl Garrido a abril, el equipo seguía en la pelea por el ascenso, pero llegaba golpeado por una dinámica irregular y por la sensación de haber perdido parte de la confianza que le había acompañado durante buena parte de la temporada. El objetivo seguía vivo, aunque el ambiente ya no era el mismo. Entonces apareció Ramiro. Y lo primero que hizo no fue cambiar un sistema táctico ni revolucionar la plantilla. Lo primero que hizo fue recuperar la fe.

No era un desconocido. Ni para el club ni para la afición. Durante cinco temporadas defendió la camiseta peñista como futbolista y conocía perfectamente lo que significa la Peña Deportiva para Santa Eulària. También llegaba con el aval del gran trabajo realizado anteriormente en la Penya Independent, donde estuvo cerca de firmar un ascenso histórico.

Pero lo que más llamó la atención desde el primer día fue su capacidad para conectar con el grupo.

Los futbolistas encontraron en él mucho más que un entrenador. Encontraron un líder cercano. Alguien que escuchaba, que entendía los estados de ánimo de un vestuario que venía de sufrir un descenso la temporada anterior y que sabía cómo gestionar la presión de una entidad obligada a regresar a Segunda RFEF.

En el fútbol moderno se habla mucho de psicología deportiva. De gestión emocional. De liderazgo. Ramiro puso todo eso en práctica sin necesidad de grandes discursos. Su mensaje fue sencillo: creer, competir y disfrutar del camino.

Los jugadores compraron la idea desde el primer momento.

No es casualidad que muchos de ellos hablen de Ramiro como uno más del vestuario. Esa cercanía nunca le hizo perder autoridad. Al contrario. La reforzó. Porque los futbolistas perciben rápidamente cuándo tienen delante a alguien auténtico. Y el técnico alicantino logró crear un clima de confianza que terminó siendo decisivo en el tramo más importante de la temporada.

La imagen del ascenso resume perfectamente quién es Ramiro González.

Mientras el reloj consumía los últimos minutos de la final ante el Arenas de Armilla, el entrenador no dejaba de besar una pequeña medalla que llevaba colgada al cuello. Los nervios, la tensión y toda la responsabilidad acumulada durante semanas aparecían reflejados en un gesto tan humano como sincero.

Poco después llegaron los abrazos con Salinas, capitán del equipo y uno de los líderes del vestuario. Todavía no había terminado el partido, pero ambos ya intuían que el objetivo estaba conseguido. No eran los abrazos entre un entrenador y un jugador. Eran los abrazos de dos personas que habían recorrido juntas un camino lleno de obstáculos.

La invasión de campo posterior terminó de explicar lo que Ramiro ha significado para esta Peña. Aficionados, familiares, parejas de los jugadores, niños y veteranos celebraban juntos sobre el césped. Y en medio de toda aquella locura aparecía él, repartiendo abrazos, sonrisas y agradecimientos. Sin protagonismos. Como uno más.

Quizá ahí esté la clave de su éxito.

Ramiro González no ha construido un equipo alrededor de su figura. Ha conseguido que todos se sientan importantes. Ha creado un grupo donde el colectivo está por encima de cualquier individualidad. Y cuando eso sucede en un vestuario, los resultados suelen llegar.

La próxima temporada la Peña volverá a competir en Segunda RFEF. Será un reto mucho más exigente. Llegarán momentos difíciles, derrotas y dudas. Pero el club afrontará el desafío con una certeza: al frente seguirá un entrenador que ha demostrado que sabe algo tan valioso como ganar partidos.

Sabe hacer creer.

Y en el fútbol, cuando un equipo cree de verdad, suele estar mucho más cerca de conseguir cualquier objetivo.

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