La UD Ibiza se presentó en Cartagonova con mono de trabajo… y se marchó con una sonrisa de oreja a oreja. Victoria rotunda, de las que hacen grupo, de las que refuerzan la fe y de las que cambian estados de ánimo. El equipo celeste firmó un partido muy serio ante el Cartagena, dominando los tiempos, resistiendo los golpes y soltando los suyos justo cuando tocaba.
Desde el banquillo, Miguel Álvarez lo vivió con una calma poco habitual en jornadas grandes. La semana había sido redonda, con entrenamientos intensos, mensajes claros y un vestuario enchufado. El plan estaba claro y el equipo lo ejecutó sin titubeos, con personalidad y sin complejos en un campo que no regala nada.
El momento clave llegó cuando el partido amenazaba con torcerse. Tras el empate local, lejos de venirse abajo, el Ibiza apretó los dientes, ajustó líneas y volvió a tomar el mando. Cabeza fría, piernas calientes y un fútbol reconocible que fue creciendo con el paso de los minutos. Sin balón, solidaridad. Con él, criterio y colmillo. Un cóctel que terminó por desarmar a un rival acostumbrado a mandar desde la posesión.
El resultado fue contundente, sí, pero el mensaje va más allá del marcador. Este Ibiza compite, cree y no se esconde. Eso sí, nadie en el vestuario se deja llevar por la euforia. El triunfo sirve para ganar aire, para mirar la tabla con menos vértigo y para confirmar que el camino es el correcto. Pero aquí no hay etiquetas ni fuegos artificiales: toca seguir picando piedra, ahora en casa, con la misma humildad y el mismo hambre.
Porque hace no tanto el equipo miraba al descenso de reojo y los goles se resistían. Hoy la historia es distinta, pero la consigna no cambia: disfrutar del momento, trabajar en silencio… y seguir creyendo.




















































































