El Class Sant Antoni afronta su cuarto intento consecutivo de alcanzar Primera FEB después de tres desenlaces durísimos. Mientras el ascenso se resistía, el proyecto crecía: más respaldo, más afición y la misma ambición. Esta es la historia de un club que ha decidido volver a empezar sin olvidar todo lo construido.
Una vez puede asumirse como parte del deporte. Dos empiezan a dejar cicatriz. Después de tres, la pregunta ya no es únicamente cuándo llegará el ascenso. Es cuánto aguanta un proyecto persiguiendo algo que ha tenido delante de los ojos y se le ha escapado siempre en el último momento.
El Class Sant Antoni lleva tres temporadas viviendo exactamente ahí.
En 2024 fue una canasta. En 2025, una remontada de 22 puntos que terminó muriendo en la prórroga. Y el pasado mayo, después de regresar de Sevilla con 19 puntos de desventaja, Sa Pedrera llegó a ver al Class 23 arriba frente a Caja 87. Durante unos minutos, Primera FEB estaba al alcance de la mano.
Tampoco aquella vez pudo ser.
Tres temporadas. Tres eliminatorias definitivas. Tres maneras diferentes de terminar prácticamente en el mismo sitio.
Lo fácil después de algo así sería protegerse. Rebajar el discurso, evitar hablar de ascenso, reducir expectativas y convertir el cuarto intento en una temporada más.
El Class ha elegido exactamente lo contrario.
La puesta de largo del nuevo curso dejó esa sensación por encima de nombres, fichajes y fotografías: después de caer tres veces, el club vuelve a ponerse de pie sin esconder hacia dónde quiere caminar.
Cuando el fracaso deportivo no frena al proyecto
La historia adquiere otra dimensión al mirar hacia atrás.
El Class no nació siendo un aspirante permanente a Primera FEB. El primer equipo dio el salto desde Liga EBA a LEB Plata en 2021 y, en muy poco tiempo, pasó de asentarse en categoría nacional a discutir el acceso al segundo escalón del baloncesto español.
Jordi Grimau explicó en 2024 una imagen especialmente gráfica de aquella transformación. Cuando él, Vicente Costa y Marcos Páez empezaron a dibujar el crecimiento del proyecto, el club contaba con muy pocos apoyos comerciales. Años después hablaba ya de acercarse al centenar de colaboradores.
En medio de ese crecimiento apareció además una decisión importante.
En septiembre de 2022, Class Rent a Car y el CB Sant Antoni anunciaron un acuerdo por cinco temporadas. No fue únicamente un patrocinio que colocó el nombre de la empresa junto al del equipo. Desde el propio club se explicó entonces como una operación que proporcionaba estabilidad económica y permitía pensar a medio plazo.
Cuatro años después, Juan Cárdenas continúa al lado del proyecto.
Y después de tres ascensos frustrados, su mensaje no es precisamente de retirada. En la presentación del nuevo curso volvió a expresar su confianza en que el salto terminará llegando.
La continuidad del principal patrocinador explica una parte importante de la estabilidad. Pero no toda.
De jugador a construir el equipo desde un despacho
Existe otro hilo que atraviesa prácticamente toda esta historia.
Jordi Grimau estaba sobre la pista cuando el Class comenzó a acercarse a lugares que hasta entonces parecían muy lejanos. En abril de 2024, con 40 años, anunció que se retiraría al finalizar aquella fase de ascenso. Ya compatibilizaba entonces su condición de jugador con responsabilidades en la dirección deportiva.
Su último partido terminó siendo precisamente una de las noches que marcarían al club.
El Class había perdido por nueve puntos ante Morón y llegó a tener la remontada en sus manos en Sa Pedrera. Ganó 83-76. No fue suficiente. El último lanzamiento de Rafa Casanova no entró y Sant Antoni se quedó a una canasta del ascenso.
Aquella noche terminó la carrera de Grimau como jugador.
No su relación con el Class.
Desde entonces, su responsabilidad deportiva ha aumentado y el proyecto ha vuelto dos veces al mismo lugar. Primero ante Melilla y después frente a Caja 87.
Por eso tiene sentido escuchar ahora su defensa de lo construido. Llegar tres temporadas consecutivas a la última eliminatoria también puede interpretarse desde el otro lado: durante tres años nadie ha conseguido apartar al Class de la pelea por subir hasta el último momento.
No existe premio por quedarse cerca. Pero tampoco parece razonable tratar tres finales consecutivas como si nada de lo anterior hubiese funcionado.
Sa Pedrera también ha cambiado
Hay otra forma de medir estos años que no aparece en la clasificación.
En abril de 2024, alrededor de 1.300 espectadores llenaron Sa Pedrera para una eliminatoria de playoff ante el Melilla Enrique Soler. Ya entonces se hablaba del crecimiento de una afición que comenzaba a convertir las grandes noches de baloncesto en acontecimientos locales.
Dos años después, la última tentativa reunió alrededor de 2.200 personas.
La comparación no necesita demasiados adornos.
El pasado 30 de mayo, el Class regresó de Sevilla con 19 puntos de desventaja frente a Caja 87. La lógica decía que el ascenso estaba muy lejos. La respuesta fue un pabellón lleno y un partido en el que Sant Antoni llegó a ponerse 63-40.
Durante aquellos minutos, Sa Pedrera creyó que estaba viendo una de las mayores remontadas de la historia reciente del deporte ibicenco.
Caja 87 reaccionó. El 71-56 final volvió a dejar al Class fuera.
Pero aquellas 2.200 personas también explicaban que algo había ocurrido durante el camino.
El equipo seguía en Segunda FEB. El proyecto ya no era el mismo que unos años antes.
El peligro de acostumbrarse a estar cerca
Ahora aparece quizá el reto institucional más complicado.
Llegar una vez a una final puede ser una sorpresa. Hacerlo dos empieza a generar expectativas. Después de tres, estar arriba deja de percibirse como una hazaña y comienza a parecer una obligación.
Ese cambio es peligroso.
El Class inicia 2026/27 en un escenario en el que cualquier resultado que no sea el ascenso corre el riesgo de interpretarse como insuficiente. Y precisamente ahí tendrá que demostrar la madurez que sus dirigentes reivindican.
Porque el club también ha cambiado.
En 2023, Grimau hablaba públicamente del mayor esfuerzo realizado hasta entonces en el apartado deportivo. Un año después, Vicente Costa explicaba que se había vuelto a hacer un esfuerzo importante para mejorar la plantilla. La estructura comercial crecía, el patrocinador principal aportaba estabilidad y el equipo comenzaba a convertir Sa Pedrera en uno de los grandes puntos de encuentro del deporte pitiuso.
El resultado todavía no ha acompañado a ese crecimiento con el ascenso que falta.
Pero tampoco lo ha detenido.
La cuarta vez empieza de otra manera
Este verano vuelve a haber cambios importantes.
Boris Balibrea sustituye a Josep Maria Berrocal. Ocho jugadores son nuevos y solamente cinco continúan respecto al equipo que disputó la última final. El Class ha reconstruido buena parte de la plantilla sin modificar aquello que resulta más difícil de mantener durante tantos años: la ambición del proyecto.
Y probablemente esa sea la principal conclusión institucional que dejó la puesta de largo de esta semana.
Vicente Costa mantiene el objetivo desde la presidencia. Marcos Páez continúa como vicepresidente de un proyecto al que acompaña desde sus primeros pasos. Jordi Grimau lo construye desde la dirección deportiva. Juan Cárdenas mantiene el respaldo de Class como principal patrocinador. Y Boris Balibrea es ahora el encargado de trasladar toda esa ambición a la pista.
Nadie escondió Primera FEB.
Puede salir bien o puede volver a salir mal. Segunda FEB está llena de proyectos construidos para ascender y las tres temporadas anteriores son la mejor demostración de que invertir, competir y llegar hasta mayo no concede ningún derecho.
Pero existe una diferencia importante entre insistir y permanecer inmóvil.
El Class ha cambiado entrenadores y jugadores. Grimau ha pasado de intentar el ascenso sobre el parqué a construir las plantillas desde la dirección deportiva. La afición ha crecido, Sa Pedrera también y el proyecto ha ganado estructura y respaldo.
Lo único que no ha cambiado es la puerta que todavía falta abrir.
¿Cuántas veces puede levantarse un club?
El Class todavía no conoce la respuesta. Lo que sí sabemos es que, después de tres caídas, ha decidido levantarse una cuarta vez.








































