El fútbol a veces tiene mala leche. De la que no se puede entrenar ni prever. La UD Ibiza vio frenada en seco su buena racha en el Nou Estadi Costa Daurada, donde cayó por 1-0 ante el Nàstic de Tarragona en un partido de máxima tensión, con la clasificación apretando y el descenso demasiado cerca como para mirar a otro lado.
El Ibiza llegó a Tarragona con cambios obligados y un once retocado. Sergio Díez ocupó el lateral derecho por la ausencia de Unai Medina, Kembo volvió a la izquierda tras su buen estreno y Theo Valls se estrenó como titular en el doble pivote junto a Iago Indias. Arriba, sin Davo, toda la responsabilidad cayó sobre Sofiane, condenado a pelearse con todo y con todos.
Desde el primer minuto se vio por dónde iba a ir el partido. El Nàstic, herido tras cuatro derrotas seguidas, salió con una marcha más. Presión alta, ritmo intenso y dominio territorial. Al Ibiza le duró muy poco el balón y le tocó defender en bloque medio-bajo, intentando salir rápido cuando robaba… casi siempre sin continuidad.
Los locales se adueñaron del partido con posesiones largas y líneas de pase bien cerradas. El Ibiza no encontraba a sus centrocampistas, no lograba estirarse y abusó del juego directo sin generar peligro real. Y en el minuto 35 llegó el golpe que lo cambió todo. Un balón sin aparente peligro, despeje de Ramón Juan, rebote totalmente involuntario en el cuerpo de Jardí… y la pelota dentro. Gol surrealista. De los que dejan al equipo mirando al suelo sin saber muy bien qué ha pasado.
El tanto dio aún más aire al Nàstic y terminó de espesar la primera parte del Ibiza, que se fue al descanso sin un solo disparo a puerta y con demasiadas cosas por ajustar.
Y entonces sí, llegó el cambio.
Nada más volver del vestuario, el Ibiza salió con otra cara. En cuestión de minutos tuvo una doble ocasión clarísima: primero Bebé, con un disparo potente dentro del área que obligó a Rebollo a lucirse, y justo después Sergio Díez, que volvió a encontrarse con el portero local. El partido había girado.
En el 56 llegó la jugada que todavía escuece. Córner a favor del Ibiza, balón al área y Monju claramente agarrado durante varios segundos. Penalti de manual… que Jaime Ruiz decidió no señalar. Protestas, incredulidad y el partido siguiendo como si nada.
Con el paso de los minutos el Ibiza fue perdiendo algo de fuelle y Miguel Álvarez agitó el banquillo. Entraron Max Svensson y Nsukula, salieron Sofiane y un Iván del Olmo bastante gris.
Y el empate estuvo ahí. Clarísimo. En el 70, Svensson se quedó solo tras un taconazo delicioso de Fran Castillo, pero el remate se fue fuera por centímetros. El propio Castillo empezó a asumir galones y a echarse el equipo a la espalda en los mejores minutos del Ibiza.
El Nàstic ya defendía en bloque bajo. Sufría. Y mucho. Svensson volvió a marcar a la salida de un córner, aunque la acción fue anulada por falta. Y en el 83 llegó la más clara del partido: disparo a bocajarro de Fran Castillo desde el punto de penalti y salvada milagrosa bajo palos de Marc Montalvo.
El descuento fue un asedio. Dos ocasiones más, una de Fran Castillo y otra de Bebé, y dos enemigos finales: Rebollo… y el larguero.
El pitido final dejó una derrota difícil de digerir. El Ibiza cayó por un rebote absurdo, un penalti no señalado y una falta de acierto que castigó demasiado lo visto en la segunda parte. De esas tardes en las que el fútbol te recuerda que no siempre gana el que más lo intenta.






















































































