Hay campos que no se explican, se sienten. Y Sant Rafel empieza a ser uno de ellos. La SD Ibiza volvió a salir indemne de su casa tras superar por 2-1 al Olot en un partido con curvas, momentos de apuro y un desenlace que volvió a caer del lado rojillo. Invictos como locales, cinco victorias y un empate, y una clasificación que empieza a mirar de reojo la zona noble.
El plan inicial fue toda una declaración de intenciones. Raúl Casañ prescindió del delantero clásico y apostó por dinamita repartida en ataque, con movilidad constante y permutas continuas. El riesgo existía… y se notó de inicio. El Olot salió valiente, sin complejos, y avisó pronto con un gol que no subió al marcador. Poco después, Frías tuvo que intervenir con reflejos felinos para apagar un incendio en un mano a mano que heló la grada.
Durante muchos minutos, el partido se jugó a lo que quiso el conjunto catalán. Llegadas laterales, balones al área y sensación de incomodidad en los locales. Pero el fútbol, caprichoso como pocos, cambió el rumbo en una acción aislada. Raúl Castro agarró el balón en la derecha, rompió líneas con una conducción eléctrica y resolvió con una definición quirúrgica. De esas que no se piensan. De las que se ejecutan. Sant Rafel, en pie.
El gol fue un interruptor. La SD Ibiza empezó a ganar metros, a morder tras pérdida y a correr con más sentido. Marcos estrelló un balón en el larguero y Gisbert se quedó a un suspiro del segundo. El Olot, que hasta entonces mandaba, comenzó a perder claridad. El descanso llegó con ventaja local y con la sensación de que el partido ya había cambiado de dueño.
La segunda parte volvió a arrancar con el Olot empujando. Centros peligrosos, disparos lejanos y un Frías siempre atento para sostener al equipo. Casañ movió el banquillo buscando pausa y oxígeno, y el encuentro entró en un tramo más espeso, más táctico, justo el escenario que interesaba a los rojillos.
Con el reloj avanzando y los espacios apareciendo, llegó el momento decisivo. Un balón suelto dentro del área cayó en los pies menos esperados. Bourdal, central de oficio, se transformó en delantero por un segundo y sacó un disparo seco, ajustado, imposible para el portero. Golpe casi definitivo. 2-0 y sensación de sentencia.
El Olot aún tuvo arrestos para apretar el marcador desde los once metros, tras un penalti que devolvió algo de emoción al tramo final. Pero el tiempo ya era aliado local. El pitido final confirmó lo que empieza a ser costumbre: en Sant Rafel, la SD Ibiza compite, resiste y gana.
No fue un partido brillante. Tampoco lo necesitó. Fue un triunfo de madurez, de saber esperar y de castigar en el momento justo. Y eso, en esta categoría, vale oro.























































































