Hay victorias que valen más que tres puntos. Que pesan. Que marcan un antes y un después. Y la de la UD Ibiza en Cartagonova fue exactamente eso: un puñetazo encima de la mesa, una declaración de intenciones y, sobre todo, una exhibición de fútbol con mayúsculas. El conjunto celeste se dio un festín lejos de casa y tumbó por 1-4 a un Cartagena que aspiraba a todo… y acabó desbordado.
La semana había sido movida. Muy movida. Vestuario agitado, salidas sonadas y muchas miradas puestas en el césped. Pues bien, el equipo respondió donde hay que hacerlo: con el balón. El plan de Miguel Álvarez salió redondo desde el pitido inicial. Once valiente, presión arriba, personalidad y un mensaje claro: aquí hay equipo.
El partido arrancó con colmillo en ambas áreas, ritmo alto y respeto mutuo. Pero pronto quedó claro que el Ibiza había viajado con hambre. Bebé empezó a poner centros con veneno y Davo, enchufadísimo, avisó a la parroquia local. Fue cuestión de tiempo. A la tercera, el asturiano no perdonó y mandó el balón a la jaula para hacer justicia a lo que se estaba viendo sobre el verde.
El gol espoleó a los celestes, que vivieron minutos de auténtico fútbol champagne. El Cartagena, tocado, tuvo una bala para empatar tras un error en salida, pero el destino —y un tropiezo inoportuno— lo evitó. El partido bajó revoluciones y llegó el contratiempo: Monjonell tuvo que marcharse tras un choque durísimo. Aun así, el Ibiza no perdió el sitio.
El empate local llegó en una acción aislada. Centro lateral, falta de contundencia y gol. Dudas por un momento… pero solo por un momento. Porque este Ibiza tenía algo distinto. Al filo del descanso, Davo volvió a aparecer donde viven los delanteros listos. Cazó un rechace y silenció Cartagonova. Gol psicológico. Gol clave.
Tras el descanso, mismo guion. Mando celeste, presión alta y un rival atado en corto. Y llegó el golpe definitivo. Robo en la medular, Bebé acelerando por la izquierda y pase de la muerte para que Fran Castillo definiera con seda. Fútbol simple, fútbol bien hecho. 1-3 y sensación de que el partido estaba sentenciado.
El Cartagena se fue con todo, más corazón que cabeza. El Ibiza, ordenado, serio y paciente, esperó su momento. Y lo encontró al contragolpe. Penalti claro y debut soñado de Max Svensson, que no se puso nervioso y cerró la goleada desde los once metros. El broche a un partido perfecto.
Solo una mancha en el descuento: la expulsión de José Albert, que se perderá el próximo duelo. Poco más que añadir en un domingo para recordar.
La UD Ibiza no solo ganó. Convenció. Corrió, jugó, compitió y sonrió. Davo firmó un doblete, el equipo mostró colmillo y el mensaje fue rotundo: este grupo cree. Sale del descenso, mira hacia arriba y abre la puerta a una segunda vuelta cargada de ilusión. En Cartagonova se vio algo más que un triunfo. Se vio fútbol total.























































































